domingo 5 de julio de 2009

Una pausa

Durante unos días voy a echar las persianas. No es por el calor, o quizás tenga algo que ver este bochorno que nos cambia las rutinas y nos empuja hacia los cuartos más oscuros de las casas.

Se me acumulan unas cuantas tareas de índole diversa y voy a tener que dedicarme a ellas. Unas son obligaciones de la vida cotidiana, otras son acontecimientos amables, encuentros alegres que el verano propicia. Otras son proyectos que se van quedando rezagados durante meses y un buen día los retomas y te propones avanzar en ellos.

En cualquier caso, abriré las ventanas de cuando en cuando (quizás desde casas ajenas) y os leeré con el mismo gusto que durante los meses de frío.

Os dejo esta imagen de un libro que he sacado de la red, porque el verano, con ratos de siesta y de ocio más frecuentes, es buena estación para echarle mano a los libros que en invierno se nos han escapado. Yo estoy estos días con "Anatomía de un instante", el libro de Javier Cercas que compré en la feria, con su firma, y estoy disfrutando de tal forma que os lo aconsejo a todos los que sintáis interés por la historia española reciente. Es una versión de la época de la transición y del golpe del 23 F vista por un hombre que escribe muy bien y que no se posiciona en ningún bando.

Luego, a ver si me enfrento, al fin, con la trilogía de Larsson, para poder compartir coloquios con mis amigos y mis allegados.

Os veo en algún punto del espacio en cualquier momento.

jueves 2 de julio de 2009

Maruja Mallo

Sabemos pocas cosas de las pintoras españolas de principios del siglo XX. En las salas de los museos no hay muchos cuadros con firma femenina. Y en las antologías y estudios culturales de aquel periodo son escasas las referencias a su labor artística. Fueron contemporáneas de Picasso, de Juan Gris, de Gutiérrez Solana, de Sorolla... y acaso con ellos compartieron en alguna ocasión los muros de una exposición colectiva, las aulas de una institución o un ciclo de conferencias sobre las influencias artísticas que llegaban desde otros países europeos.

Una de las pintoras de la que sabemos algo más y de la que sí hemos visto algún cuadro es Maruja Mallo. En el Reina Sofía hay, por lo menos, tres obras suyas. Entre ellas, una colorista “Verbena”, de la que os pongo una pequeña reproducción bajo estas líneas.


Nacida en Viveiro, en 1902, Maruja era una joven intrépida, rebelde y ocurrente, que a los 20 años se trasladó a Madrid para estudiar Bellas Artes. Aquí se relacionó con las vanguardias artísticas, en ebullición entonces, y empezó a darse a conocer como pintora singular. En 1927, con veinticinco años, gestó “La mujer de la cabra”, a la que seguirían las Verbenas y la serie de Cloacas y Campanarios.

La guerra truncó su trayectoria. Maruja salió de España en 1937, asustada por las barbaridades que había visto en Galicia, donde la pilló el golpe de los militares. Y no regresó hasta 1963.

Durante casi tres décadas de exilio, nunca dejó de pintar. Nunca dejó de experimentar ni de ser aclamada en los países americanos que la acogieron y la honraron como a otros otros creadores e intelectuales que se marcharon cuando la democracia pereció en España.

En los años setenta y ochenta, Maruja Mallo logró que se la reconociera en su país como la pintora genial que era. En los años noventa se organizaron dos muestras antológicas, una en La Coruña y otra en Madrid, que reunieron varios cuadros de Mallo, procedentes muchos de ellos de coleccionistas particulares.

Cuenta José Luis Ferris en su biografía de Maruja Mallo (Temas de Hoy, 2004), obra tan llena de datos y referencias documentales como de lirismo, que la pintora vivió los últimos diez años de su existencia recluida en una clínica geriátrica de Carabanchel, en Madrid, apagándose como una vela que había sido resplandeciente y exótica en el pasado. ¡Qué lastimoso final para una mujer que tanto empeño le puso a la tarea de vivir y tanto lustre le dio a la tarea de crear!

Maruja Mallo murió el 6 de febrero de 1995 sola y, posiblemente, triste. De ella asegura su biografo, que fue "una mujer original, fascinante y transgresora que desbordó los márgenes de su tiempo y que incurrió, como advirtiera María Zambrano, en uno de los errores más destructivos e imperdonables: ser libre”.

domingo 28 de junio de 2009

Con Paqui

Se llama Francisca Hernández, Paqui, y en las fotos de hace años se le aprecia en la cara un gesto de plenitud que induce a la compasión porque ha perdido al hombre que posa a su lado. Pero no, ella no quiere compasión. No quiere que nadie le llame víctima a ella ni le cuelgue el cartel de víctima a su marido. Ella dice que él, Eduardo Puelles, salvaba vidas y que es un héroe. Y yo la creo. Porque sus palabras tienen la rotundidad de quien ha descubierto la verdadera esencia de la persona con quien comparte su vida y es capaz de empeñar su futuro por defenderlas.

Eduardo Puelles fue asesinado el 19 de junio en Arrigorriaga por los energúmenos que componen esa banda cuyas tres letras me niego a escribir en esta hoja. De manera zafia, cobarde y rastrera, eligieron el blanco de su bomba y se cargaron al hombre que amaba Paqui. Y ella dijo lo que pensaba sobre ellos, los asesinos, y sobre quienes los arropan. Sin dejarse vencer por el temor que a otros les impide hablar o les fuerza a decir frases torpes y ambiguas.

Si sirve de algo, aquí va mi firma contra todos los que quieren que Paqui se calle.

martes 23 de junio de 2009

Broadway

Desde que éramos pequeños hemos escuchado el nombre de esa avenida con reverencia. Broadway. Hemos imaginado una calle llena de carteles, donde se exhiben los títulos de los espectáculos que, a veces, transformados en películas, han llenado nuestras salas de cine y las pantallas de nuestros televisores.


Broadway era en nuestra imaginación una avenida llena de música, el lugar mágico y vivificante donde se unen las voces de cientos de cantantes, los sonidos de miles de instrumentos, la cadencia de las melodías interminables que, cruzando el océano, llegan a nuestras ciudades, se insertan en nuestras historias personales y se hacen parte de nuestra memoria y nuestra rutina.

Y nuestra imaginación se convierte en realidad cuando llegamos a Broadway y sentimos en las pupilas el destello deslumbrante de las miles de bombillas que se encienden en las fachadas de la vía, en torno a los letreros que anuncian los espectáculos que están en cartel. Chicago, Billy Elliot, Hair, West side story. ¿Quedará algún ser humano sin haber visto todavía West side story?

Broadway es una vía que se salta las reglas toponímicas de Manhattan y su trazado cuadricular. Salvo los barrios del sur de la isla, los más antiguos, que se construyeron sin planificación regular cuando los inmigrantes europeos se instalaron en esta tierra de indios, el mapa de Manhattan está compuesto por una docena de avenidas, que corren de sur a norte, y unos centenares de calles, que van de este a oeste, todas ellas nombradas con números según su ordenación. (En algunos tramos, es cierto, algunas avenidas asumen otro nombre: la cuarta se llama Park Avenue, la sexta se llama de las Américas, la novena Columbus, la décima Amsterdam...)


Broadway, sin embargo, tiene un nombre distinto, quizás porque es una vía particular, con personalidad singular. A diferencia de las avenidas, Broadway sigue un itinerario oblicuo, que comienza en la punta sur de la isla, en Battery park, se entrecruza con nueve de las doce avenidas, y llega hasta la calle 215, donde se convierte en puente para cruzar el río y prolongarse en suelo del Bronx, uno de los distritos añadidos a Nueva York.

Caminando por Broadway, el turista atraviesa barrios y calles de sustancia, arquitectura y cometidos dispares, lo que le da una visión múltiple de la gran metrópolis. La compostura financiera de Wall street, el derroche comercial de Chinatown y de Soho, la severidad burocrática de la Sexta avenida con sus severos edificios de oficinas, el lujo y el poderío económico de la Quinta, el despliegue publicitario de Times Square, la luminosidad verde de Central Park, con el que linda en Columbus cicle, la sensibilidad artística de Lincoln Center, la concentración humana de las zonas residenciales de la Novena y la Décima, el saber y el talento de Columbia University...

Broadway es una especie de vena que recorre el corazón de Nueva York, dándole aire a sus barrios y multiplicando en ellos el afán de acoger y acaparar todas las razas, todas las lenguas, todas las culturas, todos los estilos de vida, que hacen esta ciudad tan grande y tan atractiva para los que llegamos de otro continente.



Foto 1. Times Square a las ocho de la tarde.

Foto 2. Broadway en el arranque del puente de Brooklyn.

Foto 3. Así veía Broadway desde mi balcón en el piso 18.

jueves 18 de junio de 2009

Los Bravos

Hace un par de años me regalaron un libro en el que se contaba la historia de este grupo, Los Bravos. Su trayectoria fue breve pues sacaron su primer disco en 1966 y, tres años después, ya estaban a punto de separarse. Pero sus canciones, Black is Black, Bring a little lovin, La moto y tantas otras, no han dejado de escucharse. Aunque hayan transcurrido cuarenta años desde que salieron al mercado.

Los Bravos. Recuerdos de una leyenda es el título del libro que escribe Guzmán Alonso Moreno. Se publicó en 2004, y es un relato pormenorizado y bien documentado del fenómeno que llevó a los Bravos a los primeros puestos de las listas de ventas internacionales. En realidad, ellos no eran un grupo de amiguetes aficionados a la música, que aprendieron juntos a cantar y fueron subiendo, uno a uno, los peldaños de la fama con sus temas, su tenacidad y su talento. No. El triunfo del conjunto se debió más bien a una tremenda operación de marqueting, diseñada por el productor francés Alain Milhaud, que manejó elementos de todo tipo para configurar el grupo y colocarlo en la cumbre.



Tony Martínez, guitarra, y Manolo Fernández, órgano, procedían de Los Sonor. Miguel Vicens, bajo, y Pablo Sanhelí, batería, venían de The Runaways, en donde habían coincidido con el cantante, Mike Kogel, que fue elegido para ser voz y rostro de Los Bravos. Sus primeros temas, compuestos por Manolo Díaz, que también fue miembro de Los Sonor, se escucharon en el programa más moderno de la radio, El Gran Musical, de Radio Madrid.

Durante dos o tres años Los Bravos arrasaron en el panorma musical español. Era la época dorada de Los Brincos, con quien competían en ventas y número de fans, de los guateques, de las revistas de información musical, de las actuaciones en directo los domingos por la mañana.

Aunque Mike cantaba muchas canciones en inglés, sus seguidores no dejaban de corear sus letras. Ni de acudir a las proyecciones de las dos películas, de calidad dudosa pero cargadas de música y humor, que Los Bravos protagonizaron. Hasta el hecho de viajar a Londres para grabar nuevos discos, fue considerado signo de su calidad y prestigo.

Pero las discrepancias entre los bravos, cuando se bajaban del escenario, el carácter indómito de su cantante, que se tenía por un divo internacional, las tensiones propias de una actividad desenfrenada y, quizás, el hecho de que su unión había sido artificial y no fruto de una ilusión compartida por los cinco chicos que actuaban juntos, minaron la solidez del grupo en pocos años. Milhaud los mantuvo a raya durante un tiempo. Pero sus buenas mañas no sirvieron de nada cuando estalló la crisis.

En 1968, el organista del grupo, Manolo Fernández, perdió a su mujer en un accidente de circulación dos meses después de su boda. Manolo no aguantó su ausencia y se quitó la vida pocas semanas después. Su muerte fue el principio de la agonía de Los Bravos. El inicio de una descomposición que se aceleró cuando el cantante, Mike, decidió emprender una carrera en solitario que no le llevó muy lejos. Consiguió meter dos temas en los programas musicales del momento. Luego se perdió su rastro. Mientras tanto, los tres bravos que se quedaron con el título, buscaban sustitutos para los ausentes y trataban de reconquistar su puesto en la música española. No lo llegaron a conseguir.

De todo esto, analizado con documentos de aquel periodo, trata el libro de Guzmán Alonso Moreno. Una obra interesante no sólo para los amantes de la música de los sesenta sino, sobre todo, para quienes hoy se dedican a la publicidad y a la comunicación.

Os dejo aquí otro enlace en el que se habla sobre los Bravos.
Y otro tema, este muy conocido.


jueves 11 de junio de 2009

Un balcón en el piso 18

En Nueva York encontré un balcón al que asomarme. Un balcón que estaba en el piso décimo octavo de un edificio de 32 plantas, entre Broadway y la octava avenida. Desde el balcón veía edificios poderosos, altivos, estilizados: un panorama que ratificaba la visión de la ciudad como un compendio de desmesuras y osadías.

Este gigante de cristal y acero, que aparece junto a estas líneas, es uno de los más rascacielos más modernos de Nueva York. Se acabó de construir en 2006. Y es también la primera obra del arquitecto británico Norman Foster, en Manhattan.

La torre Hearst, que lleva ese nombre porque es la sede del grupo editorial Hearst (una de cuyas publicaciones es Cosmopolitan), está ubicada en la Octava Avenida, entre las calles 56 y 57. Sorprenden, cuando se ve por vez primera su silueta, sus fachadas compuestas por triángulos de cristal y ese aspecto de estar formado por cuerpos geométricos, apilados unos sobre otros, que le dan sus pisos retranqueados.

Pero más sorprende una vista de la torre desde su base, pues se levanta sobre un edificio de seis plantas, construido en 1928, que fue la primera sede de las empresas del magnate de la prensa, Randolph Hearst. Entonces ya se había planificado levantar un rascacielos, pero eran tiempos de depresión económica y el proyecto tuvo que esperar. Las plantas superiores de la torre han tardado casi ochenta años en florecer.


En Nueva York empezaron a alzarse los rascacielos (skycraper, los llaman en inglés) a principios del siglo XX. La ciudad estaba en auge y el terreno estaba limitado, puesto que Manhattan es una isla. Así que urbanistas, arquitectos y autoridades empezaron a pensar en plantar grandes construcciones en solares de dimensiones relativamente reducidas. Uno de los primeros edificios de este tipo fue el Flatiron Building, en la confluencia de la quinta avenida con Broadway, que es de 1902. Otro de los veteranos es el Chrysler Building, que ya os mostré en una foto anterior.

El subsuelo de Manhattan está formado por una franja de roca que facilita el anclaje de los rascacielos. Esta franja no es perpendicular a la superficie, sino que asciende y desciende a lo largo de los 22 kilómetros que mide la isla de norte a sur. Los rebaños de rascacielos se asientan, precisamente, en las zonas donde la capa rocosa es más superficial. Entre las calles 42 y 59, al sur de Central Park, se encuentran algunas de las torres que yo veía desde el balcón.

Os enseño otros dos. El del tejado puntiagudo, de nombre One Worldwide Plaza, es una torre comercial de 50 pisos, construida en los años 80 y situada en la Octava avenida, entre las calles 49 y 50. Por las noches lo veía iluminarse con unas luces suaves que le daban un aire mágico, incitante. El edificio de la derecha también encendía al anochecer las luces del ático. Pero no me consta que tenga un nombre especial.

El balcón desde el que saqué las fotografías pertenecía al apartamento que alquilamos a través de internet. La agencia inmobiliaria se llevó un porcentaje (sustancioso) por las gestiones de poner en contacto a los clientes con la dueña, quien demostró su hospitalidad con detalles destinados a sus inquilinos temporales. Su precio, aunque elevado porque es muy caro el hospedaje en Nueva York, era equivalente al que hubiera costado una habitación (doble o sencilla) en uno de los hoteles de Manhattan.

domingo 7 de junio de 2009

Javier Cercas en la feria

Javier Cercas ha escrito un libro sobre el intento de golpe del 23 de febrero de 1981, que se anuncia interesante. Yo me propuse comprarlo cuando leí las entrevistas de promoción y las críticas. Y esperaba una ocasión, como la que brinda la Feria del Libro, para pedirle una firma al autor.

No soy amiga de filas para nada. A veces tienes que hacer cola para sacar dinero del banco, para pagar la compra o para hacer un trámite administrativo. Y la haces porque no te queda más remedio. Pero ponerse a la fila, esperar veinte o treinta minutos para que un señor o una señora te estampen una firma fría en la página primera de un libro... ¿compensa? Debería habérselo preguntado a estos señores que esperaban para que Ibañez, el padre de Mortadelo y Filemón, (un artista de los buenos, sin duda) les rubricase un libro de comics.

Pero a Cercas tenía ganas de decirle, a la vez que le pedía una firma, que sigo pensando que "Soldados de Salamina" es una obra muy lograda, tanto por su estilo y sus estructuras particulares (que, en mi opinión, han creado escuela), como por lo que tiene de canto a los soldados anónimos que perdieron la guerra civil y, por ello, perdieron también su cotidianeidad y sus raíces. El libro lo descubrí gracias al consejo de un amigo antes de que ganase la fama que le convertiría en uno de los libros más vendidos de los últimos años. Y se lo he recomendado, después, a unos cuantos amigos.

Cuando he llegado al parque del Retiro, sobre las 11.30, los altavoces estaban recitando los nombres de los escritores que firmaban en las casetas de la feria. No he oído el nombre de Cercas. Así que me he puesto a pasear, a ver libros, a ver las caras y los gestos de ciertos autores, he saludado a algún amigo... Había escritores a los que admiro (Bernardo Atxaga, Ian Gibson, Eduardo Mendoza), y también personajillos de las teles y radios reaccionarias, que me dan repelús, no sólo por la mala baba que suelen destilar ante los micrófonos sino también porque sospecho (en ciertos casos, me consta) que usan negros para llenar sus libros.


Cuando ya me disponía a marcharme, he oído por el altavoz el nombre que esperaba. Cercas estaba en la caseta de una librería y, ¡qué suerte la mía!, no había nadie haciendo cola. Así que me he acercado, he pedido el libros y he podido cruzar unas palabras con Javier mientras él ponía una dedicatoria en mi libro. No es un tipo envarado, os lo aseguro. No es de esos escritores a quienes, cuando la popularidad les abraza, el ego se les sube al cogote y te miran con la distancia del que se siente en un planeta distinto al que habitan el común de los mortales.

No se me ha ocurrido hacerle una foto. Además, lo confieso, he formado cola sin proponérmelo. Así que os dejo una imagen de ambiente.


viernes 5 de junio de 2009

De comidas y bebidas

¿Quién ha dicho que en Nueva York se come mal? Sí, claro que habrá gente que coma mal, que engulla dosis excesivas de hidratos de carbono, de grasa, de azúcares. Pero el que no sigue una dieta sana, no tiene pretexto. Si come mal será por falta de voluntad, no porque escaseen en los supermercados de la ciudad alimentos ligeros, naturales y frescos. Ni sitios donde se combinan, se guisan y se aderezan con verdadera maestría.

Paseando por las calles de la urbe, el visitante va descubriendo una colección de restaurantes de rótulos diversos y cartas en las que se le ofrecen especialidades culinarias exportadas desde cualquier rincón del planeta. Cocina etiope y mexicana, vietnamita y cubana, tailandesa, japonesa, coreana, italiana... De todo hay en esta ciudad de aluvión donde se cruzan culturas, lenguajes y pieles de los cinco continentes. Casi diría que lo menos habitual son los lugares donde se expenden las famosas hamburguesas que para nosotros simbolizan el estilo típico de alimentación americana.


En la zona de Wall Street, en las calles donde se acumulan oficinas y locales comerciales, proliferan los locales de comida rápida. Pero, ¡alto!, que eso tampoco ha de identificarse con las ya mencionadas hamburguesas. No. En estos establecimientos hay varios mostradores, dedicados cada uno de ellos a un tipo de comida. El de los alimentos cocinados, listos para servirse en el plato, es, posiblemente, el más apeticible. Hay arroz con verduras, pollo con hortalizas, albóndigas, judías, espaguetis con nata, pizzas troceadas, carne en salsa, pollo asado, quesadillas, emparedados, bollos… Y también hay lechugas (lechugas verdes y rojas, escarolas, rúcula), tomates, cebolla partida, aceitunas, sandía, melón, uvas, maiz… Se puede uno montar una estupenda ensalada que aporte las energías suficientes para continuar paseando por la ciudad sin que una digestión pesada atente contra su verticalidad.

Los precios no están tirados, porque en Nueva York la alimentación es más cara que en España. Pero os aseguro que por 12 o 15 dólares se puede uno tomar un menú sustancioso y salir del establecimiento con la sensación de haber comido bien.

Otra alternativa es tomarse un tentempié en la calle, en un puesto callejero de los cientos que se hallan plantados en casi todas las esquinas y delante de las fachadas de museos e instituciones que atraen a los turistas. Uno compra un "perrito" y se sienta en un banco al aire libre o en las escaleras de un edificio centenario a zampárselo. Esta fórmula no sale cara, pero si se practica a diario puede que nuestro estómago proteste.

Si optamos por un restaurante convencional, el camarero nos sorprenderá con un hábito que aquí, en España, es inusual. En cuanto los comensales se acomodan a la mesa, el camarero coloca delante de cada uno un vaso de cristal y lo llena de agua cargada de hielo. Cada vez que el vaso se vacía, el camarero vuelve a llenarlo. Te preguntará si quieres una bebida, la cual te cobrará cara. Pero al que come con agua, este hábito le supone un ahorro en el presupuesto del viaje.


Otra sorpresa es que, si te han servido un plato abundante, puedes llevarte lo que te sobra a casa. Le dices al camarero take away, éste asiente sin fruncir el ceño y, a los pocos minutos, te coloca sobre la mesa una bolsa de plástico blanco con un envase de aluminio que contiene tus espaguetis a la carbonara o la mitad del “burrito” que no has podido comer. En estas tierras en que vivo se suele mirar mal o tachar de rácano a quien osa pedir las sobras de su menú en el restaurante, pero allí se considera lógico y sensato que tú te lleves en una bolsa lo que ya has pagado.

Además, el restaurante reduce sus residuos y los olores que desprende el cubo de basura hasta que pasa el camión a recogerla.


Foto 1. A media mañana en Little Italy, buscando un sitio para comer.

Foto 2. Puesto de comida delante del Metropolitan.
Foto 3. Desayunando en la Octava Avenida.

martes 2 de junio de 2009

Manhattan

Desde el mirador del Empire State Building, en el piso 86 del edificio al que King Kong trepaba, aferrando con una de sus manazas a su amada, a la que prestó sus rasgos en 1933 la actriz Fray Way, el visitante no se siente un gorila sino, acaso, un pájaro sin plumas. La perspectiva de Manhattan es tan impresionante que hay que asomarse a los cuatro costados de la terraza para hacerse una idea aproximada de las proporciones de la ciudad, de sus contornos fluviales y de la densidad del tráfico y del gentío de sus calles.

Desde aquí arriba se aprecia con exactitud la trama cuadriculada del callejero de Manhattan, que sólo se quiebra en los barrios del sur y en las esquinas donde Broadway se cruza con las avenidas.


Manhattan es el corazón de Nueva York, el más conocido de los cinco distritos que componen la gran urbe. Los distritos de Bronx, Brooklyn, Queens y Staten Island, fueron condados independientes del estado de Nueva York (cuya capital, por cierto, es Albany, aunque su población y su prestigio son inferiores a los de Nueva York) hasta 1898, año en que fueron anexionados al distrito de Manhattan, que llevaba ya el nombre de la ciudad.

Manhattan es una isla alargada (casi 22 kilómetros de sur a norte), situada en la desembocadura del río Hudson. Los primeros colonos que viajaron desde Europa hasta el continente americano, atravesando el océano Atlántico, se instalaron en el borde inferior de la isla. Los italianos y los ingleses, que atracaron en las riberas de Manhattan en el siglo XVI, siguieron pronto su ruta hacia el interior del continente. Los holandeses, que llegaron después, fueron quienes levantaron las primeras casas en la isla en 1621.


Cuentan las guías que los colonos compraron a los indios las tierras del extremo sur de Manhattan por unas cuantas monedas. Allí, en los solares en los que hoy se alzan los grandes edificios de Wall Street, surgió Nueva Amsterdan, una ciudadela donde convivían gentes de razas, religiones e idiomas diferentes. Pero la tolerancia y las buenas formas que regían la comunidad no impidieron que los europeos empuñaran sus armas contra los nativos cuando quisieron ampliar sus posesiones y cultivar los terrenos en los que habitaban los indios.

Los ingleses se apoderaron de Manhattan en 1664 y le dieron a la ciudad el nombre de Nueva York. La guerra por la Independencia de los Estados Unidos de América, (1775-1783), vació de ingleses la isla. El nuevo país convirtió a Nueva York en su capital entre 1784 y 1790.

Durante el siglo XIX la población neoyorkina aumentó notablemente con las sucesivas llegadas de inmigrantes: los 80.000 habitantes censados en 1800 pasaron a ser 700.000 en 1850 y se acercaban a los 3,5 millones en 1900. En el presente sobrepasan los ocho millones.


Esta expansión demográfica supuso la urbanización de toda la isla, tarea que se llevó a cabo aplicando un trazado callejero que se basa en la numeración de las avenidas, que cruzan la isla de sur a norte, y de las calles, que van de este a oeste. La rotulación numérica tiene la ventaja de que el forastero siempre sabe en qué punto del mapa se encuentra el lugar que busca y a cuánta distancia está del punto al que se dirige.


Vistas desde el mirador del Empire.
Foto 1. La cúpula, que se ilumina de noche, del Chrysler Building (1930). El edificio negro y esbelto que se alza a su derecha, es la Torre Tramp (2001), en cuyos pisos hay viviendas y oficinas.
Foto 2. Vista del Metropolitan
Life Tower (1909-1913), junto al Madison Square park.
Foto 3. El Rockefeller Center (1933), a cuyo último piso subimos una noche para contemplar el Empire. Como fondo, se aprecia la gran masa verde de Central Park.

domingo 31 de mayo de 2009

Regreso a la ciudad superlativa

Cuando regresas a una ciudad que ya has visitado antes, tienes la posibilidad de reparar en detalles que te pasaron desapercibidos la primera vez, de captar sonidos, olores, formas, costumbres de los que, entonces, sólo percibiste retazos y perfiles que se te han quedado prendidos con alfileres en la memoria. Cuando emprendes la segunda visita, el destino te brinda la ocasión de saborear las esencias del lugar, de repetir experiencias agradables, de cerciorarte de las dimensiones de lo que te sorprendió cuando lo descubriste. De comprobar, además, las mudanzas del ambiente y del paisaje al haber transcurrido los meses y las estaciones.


Es lo que me ha ocurrido ahora, seis meses después de mi primer viaje a Nueva York, la ciudad superlativa. He regresado con una temperatura primaveral, un equipaje más ligero y unas ganas enormes de deambular por las calles que no he dejado de contemplar en fotos, en mapas, en historias desde mucho antes de la primera visita. Desde hace ahora un año exacto.


Nueva York es una ciudad donde la diversidad es la norma y lo excepcional no consta como tal. Para el turista, es difícil sentirse incómodo en la gran urbe. En cuanto sale a la calle, le resulta fácil integrarse en las muchedumbres que circulan por las avenidas (aunque los residentes caminan casi siempre con más prisas que el visitante), entenderse con los comerciantes que le ofrecen sus mercancías o sus servicios, con los camareros de los restaurantes y las tiendas de alimentación que se multiplican en los bajos de los majestuosos rascacielos.


Nueva York es una ciudad que admite con liberalidad a todo el que llega hasta ella, sea turista o estudiante, emigrante en busca de empleo, persona de negocios, artista, investigador, peregrino sin meta.



Esta vez, sin frío y con el día alargándose hasta cerca de las nueve, hemos vuelto a subir al Empire, a cruzar el puente de Brooklyn, a pasear por Central Park, a comer en Chinatown, a contemplar la zona cero… Os lo voy contando poco a poco desde aquí.


Foto 1: Domingo por la mañana en Times Square. La gente hace cola para comprar entradas de precio reducido para la sesión del día. En las gradas, algunos jóvenes se sientan a comtemplar el panorama publicitario.

Foto 2. Vista desde el Empire State Building a las 6 de la tarde. En el centro de la imagen, donde se cruzan Broadway y la Quinta avenida, está el edificio llamado Flatiron. Esta foto la hice para Marcelo.


Si quereis ver muy buenas fotos de Nueva York, pasaros por las moreras de Tesa, que es una artista de la imagen. Ella estuvo en Nueva York unos días antes que yo. Y trajo un buen equipaje.

viernes 29 de mayo de 2009

Breve saludo

Después de unos días de desconexión, entro aquí unos momentos para enviar un saludo a quienes por aquí habéis pasado durante mi ausencia, para agradeceros vuestros comentarios y aseguraros que no, no me he olvidado de vosotros, ni mucho menos. Es difícil olvidar a los amigos, aun a los que no se les ha visto nunca la cara, cuando su afecto e interés rebasa la pantalla fría de un silencioso monitor.

He hecho fotos para enseñaros y tomado apuntes para contaros impresiones y sorpresas. Pero no los he "procesado" todavía. Mientras lo hago, me daré unos cuantos paseos, unos por vuestros blogs y otros por la feria del libro que hoy se estrena en el parque del Retiro de Madrid.

Si estáis en Madrid, os aconsejo que os deis una vuelta por el Retiro. Merece la pena acercarse a los libros, a los miles de libros que allí se exponen. Y si queréis informaros de la feria, de su historia y de sus carteles a lo largo de casi ochenta años, os dejo un enlace con el blog Ciberculturalia, en el que se dan detalles al respecto.
Y otro con la página web de la propia Feria del Libro 2009.
¡Nos vemos!

sábado 16 de mayo de 2009

Naranjas y manjares

- Señora, esa bolsa que está en el suelo, ¿es suya?


La anciana levanta la vista de la banasta, en la que andan sus manos revolviendo, buscando las naranjas menos dañadas, y mira con gesto desconcertado al individuo que le ha hablado. Su marido, un viejito menudo, de espalda encorvada, frunce el ceño y lanza un gruñido que, tal vez, no significa nada.

- Que digo, señora, que si esa bolsa es suya. La que está en el suelo.

Gira la mujer la cabeza hacia el lugar que le señala el hombre, y niega con la cabeza. Todavía debe andar pensando si el desconocido será un tipo de fiar.

- Tiene que ser suya, señora. No hay nadie más por aquí.

Muchas cosas debe haber en esa bolsa de plástico, que luce el rótulo del mejor supermercado del un supermercado de postín del barrio. Tal vez esté lleno de viandas y golosinas, de frutas hermosas, de naranjas gruesas y jugosas, mucho mejores que esta colección de pelotitas arrugadas en las que la anciana tiene las manos metidas.

En esta frutería la clientela suele ser escasa. Los precios son reducidos pero la calidad de los productos es ínfima. Las manzanas son diminutas, los plátanos tienen la piel negra, los racimos de uvas muestran la mitad de los granos podridos. Suponen los vecinos que el tipo asiático que regenta el establecimiento se lleva el género que nadie compra en el mercado central. Suponen algunos que, acaso, ni siquiera lo compre, sino que coge las frutas que se tiran por caducadas.

- Más vale que recoja su bolsa, señora. Igual pasa un desaprensivo y se la roba sin que usted se percate.

El desconocido, insistente, empuja a la anciana hacia la bolsa abandonada. El marido la sigue como si fuera su sombra.

- Venga, señora. Coja la bolsa y váyanse a casa. Déjese de más frutas, que ya llevan bastante peso encima.

La viejecita obedece sin perder el gesto de desconcierto. Coge un asa de la bolsa, tiende la otra a su marido y echan los dos a andar con paso cansino.

El desconocido los ve marchar y, al cabo de unos segundos, echa a andar en dirección contraria. No repara en mí, que he visto su maniobra desde la acera de enfrente.

¡Y yo que pensaba, cuando le he cobrado la compra, que el filósofo solitario, el tipo sobrio que nunca se para en los chocolates ni en los mariscos, iba a preparar hoy una opípara cena para
para seducir a alguien!

Foto: Michelle. Flickr

Estaré ausente unos días. A finales de mes volveré por aquí.
Me acordaré de vosotros, no lo dudéis.

lunes 11 de mayo de 2009

Yasmina Khadra

Conocemos casos de mujeres que han adoptado un pseudónimo masculino para publicar sus libros sin restricciones. Amandine Aurore Lucie Dupin firmaba como George Sand y Cecilia Bölh de Faber se disfrazaba con el nombre de Fernán Caballero. También había mujeres que escribían para sus maridos, como María Lejárraga, cuyas obras de teatro siempre firmó Gregorio Martínez Sierra sin ningún tipo de pudor. Pero hoy voy a referirme a un caso opuesto, al de un hombre que publicó durante varios años sus novelas con un pseudónimo femenino: Yasmina Khadra.

Mohammed Moulessehoul, nacido en el Sáhara argelino en 1955, amaba la literatura desde su adolescencia, pero su padre le empujó hacia la carrera militar y hubo de conformarse con escribir cuando su oficio se lo permitía. Entre 1984 y 1989, Moulessehoul publicó sus primeras novelas utilizando su nombre auténtico. Pero en 1990 decidió esconder su identidad para publicar en francés una novela policiaca: El loco del bisturí. Con un nombre que le tomó prestado a su esposa, Yasmina Khadra podía denunciar la terrible realidad de su país, donde tanto el gobierno como los integristas islámicos estaban causando muchos daños y muchas muertes entre la población.

Las siguientes novelas, también en francés, llamaron la atención de los críticos por su crudeza y sus méritos literarios. De las seis novelas correspondientes a este periodo, acabo de leer “Los corderos del señor”, una novela en la que se narra la desgracia de una aldea argelina en la que se hacen con el poder los fanáticos religiosos. Khadra describe con rasgos precisos y certeros a los vecinos del pueblo, gentes sencillas que han ido prosperando o languideciendo entre las modestas callejuelas, labrando vidas que se parecen bastante a la de las gentes sencillas de otros países de cualquier continente.

La toma de la alcaldía por los seguidores de un jeque fundamentalista origina una sucesión de matanzas entre el paisanaje. Todo el que discrepa, el que critica o no adula a los nuevos mandatarios acaba desapareciendo o con la cabeza cortada. El lector nota la tensión a medida que va adentrándose en la narración, nota desazón, ira, rabia por tantas muertes de inocentes. Supongo que eso es lo que Mohammed Moulessehoul pretendía cuando se ponía delante del papel o de la pantalla del ordenador.

En el año 2001 Yasmina Khadra reveló su verdadera personalidad en un libro titulado precisamente “El escritor”. En sus páginas cuenta su enclaustramiento en una escuela militar siendo un niño todavía, su difícil adolescencia y el motivo por el que acabó convertido en soldado. El mundo se quedó perplejo cuando le vio la cara a quien se suponía que era una mujer corajuda, que escribía de incógnito. Algunos le tacharon de impostor al novelista. Pero Mohammed Moulessehoul ha seguido escribiendo, ahora desde Francia, que es a lo que, desde que era un chiquillo, deseaba consagrarse.

jueves 7 de mayo de 2009

Viajando desde casa

Las barreras geográficas son apenas una cortina de aire que las nuevas tecnologías agitan cuando tú mueves los dedos. Las horas que tardarías en recorrer los miles de kilómetros que te separan de una persona querida, que habita en otro continente, se hacen segundos cuando entras en la red y tecleas en google maps el nombre de la ciudad, del barrio en el que reside el ausente.


Puedes ver la población desde el aire, como un pájaro o el tripulante de un satélite. Puedes ver la configuración de sus calles, los tejados de sus edificios, la frondosidad de sus parques, la línea del río que atraviesa su núcleo, la ubicación de sus zonas industriales...

En algunas ciudades importantes puedes también pasear por las calles gracias a un pequeño individuo, de tonalidad dorada, que te permite que le arrastres hasta la plaza o el callejón que tú decides. Puedes circular por la calzada en sentido inverso a los coches, puedes detenerte ante un edificio para contemplar los locales comerciales, la fachada, la disposición de los balcones. Puedes examinar los escaparates de los comercios, calibrar la distancia hasta el más cercano acceso del tren subterráneo, puedes buscar cabinas de teléfono, puestos de periódicos, tiendas de abastecimiento...

No es lo mismo que viajar trasladando tu cuerpo, pero esta es una manera de conocer el mundo cuando no tienes vacaciones o no dispones de dinero suficiente para costearte una larga estancia en la otra punta del mundo, cuando quieres saber dónde vive un amigo, cuando sientes nostalgia por esa persona que se marchó hace ya unos meses....

También vale este método para escritoras audaces, como esa amiga que vive en Getafe y está preparando una novela cuyos protagonistas viajan por los cinco continentes. A ella, a Proyecto de escritora, le aconsejo este método para pintar sus escenarios y los recorridos de sus personajes.

Hay otras páginas de internet que te desplazan hasta lugares distantes. A mí me enviaron el otro día este enlace, (que hoy también me manda Selma, que sabe de mi afición a ella) para conocer y disfrutar de Nueva York desde el aire. Es mejor ir en avión y pisar el suelo americano, insisto en que lo sé, pero hasta que llegue la fecha de la partida podemos contemplar esa ciudad increíble sin trabas y sin tiempos.

Allá vamos, Nueva York

martes 5 de mayo de 2009

Para la libertad

Voy a probar a subir un video, cosa que nunca he logrado hacer en el blog. Y lo hago con una canción que tiene muchos elementos admirables: letra de Miguel Hernández, el poeta que murió en una cárcel franquista por ser republicano, música del maestro Serrat, incandescente a pesar de los años y los males, y voz de éste en combinación con la de Sabina, un hombre que canta mirando hacia Gijón y Buenos Aires.




Y para agradecer vuestras palabras y los consejos de Josep, que me envía además otra versión cantada en exclusiva por Serrat, os invito a otros tres minutos intensos de libertad.
Este vídeo es un homenaje a los que perdieron la vida por defender la libertad.


domingo 3 de mayo de 2009

Aquellos domingos

El domingo es el mejor día de la semana, porque no hay clase y los niños no tienen que madrugar. El domingo es un día divertido aunque a veces, cuando el invierno se asienta en la ciudad y el ocaso se precipita al poco rato de terminarse la comida, la tarde se torna de una melancolía insoportable.

Por la mañana, el primero que se despierta espabila a los demás. En unos minutos se reúnen todos en las literas de las niñas para jugar a las familias numerosas con todos los muñecos de la casa. La sesión podría ser interminable porque siempre hay quien inventa una nueva proeza, un conflicto, un diálogo entre los personajes de plástico. Pero hay que hacer una pausa en el argumento porque mamá entra en el dormitorio y requiere a los críos para que desayunen, se laven y se vistan.

A las doce hay que estar en la iglesia para oír misa. Es una cita ineludible, una obligación semanal que los niños, aunque se aburren, se despistan y se fatigan durante cuarenta o cincuenta minutos, todavía no pueden esquivar. Ni siquiera se les pasa por la cabeza que algún día, cuando crezcan unos centímetros , podrán dejar de acudir a la misa dominical. Esa posibilidad no cabe entre los pensamientos que les inculcan a fuerza de rezos, consignas y sermones, en el colegio a diario.

Al salir del templo, rodeados por una legión de feligreses, que suelen repetirse cada semana, la calle parece más luminosa que antes de la reclusión. Aunque esté lloviendo o haga frío. Seguramente esa sensación de luz se la produce a los niños saber que su destino inmediato es el quiosco, donde papá comprará los ejemplares de todos los tebeos que les gustan. Pulgarcito, TBO, Pumby, Telecolor… Oliendo a papel sin tocar y a tinta fresca, los tebeos pasan de las manos de la quiosquera a las de los niños, que los agarran con un entusiasmo difícil de controlar. Ha de intervenir papá para que retrasen la lectura hasta llegar a casa, porque al domingo todavía le quedan muchas horas por delante. ¡Es tan difícil esperar!

A los niños les parece estupendo no madrugar ni ir al colegio, jugar con los muñecos en la cama revuelta, comer con los tíos y los abuelos en la gran mesa de la casa, ver los programas infantiles en el televisor recién comprado… pero lo mejor del domingo son, sin duda alguna, los tebeos. Los magníficos tebeos que, años después, papá encuadernará en grandes tomos que los niños, que habrán crecido ya, seguirán leyendo y releyendo, a pesarde haber encontrado nuevas diversiones, a pesar de que la vida se les ha complicado con los estudios y las amistades, a pesar de que se han marchado de casa y han tenido hijos, niños que han nacido a la sombra de las nuevas tecnologías pero que también dedicarán algún rato a leer los viejos tebeos de sus padres cuando visiten la casa de los abuelos. Tebeos de hojas arrugadas, de tinta marchita, de pastas sobadas...

¡Benditos sean por siempre los tebeos!

lunes 27 de abril de 2009

El Club de Lectura

Cinco mujeres se reúnen en casa de una de ellas para hablar sobre el libro que, de común acuerdo, todas han leído a lo largo del mes. Sus vidas son diferentes y sus inquietudes diversas, pero en las sesiones del club de lectura, que son un paréntesis en su vida cotidiana, encuentran alivio a sus problemas, comprensión, ganas de divertirse y burlarse del mundo.

Polly, cuarenta y tantos años está separada y a punto de casarse con Jack, pero su hija Cressida tomará una decisión que influirá en su existencia y la cambiará por completa. Su amiga Susan, cuyo matrimonio con Roger es sólido, está preocupada por su madre, cuyos despistes parecen indicio de un problema serio de salud.

Harriet, de treinta y tantos años, sufre una crisis sentimental desde que ha recibido la invitación para ir a la boda de su primer novio. Su marido, Tim es un hombre correcto, pero ella le considera poco digno de su amor. Al contrario que Nicole, que está enamoradísima de Gavin, a quien perdona todos sus escarceos. Cuando está decidida a tener un cuarto hijo con él, le pilla en la cama con una desconocida.

La quinta mujer, Clare, es una enfermera amargada porque no consigue tener hijos. Su conflicto de pareja le hace desertar del club de lectura a los pocos meses de haberse iniciado.

El libro se titula así, "El Club de Lectura". Lo encontré en el mostrador de libros descatalogados de una librería a la que entro con regularidad con ánimo de ver, más que las novedades, los montones de ejemplares de precio rebajado que no se encuentran en las librerías convencionales. A su autora, Elizabeth Noble, no la había oído mencionar antes.

Me lo llevé porque me atrajo el argumento: un grupo de mujeres agrupándose para comentar una serie de libros cuyos títulos figuraban en el índice de los capítulos. Entre las obras que leen estas mujeres estaban "Expiación", "Rebeca", etc. Las ideas que surgen en las lectoras tienen una relación directa con sus experiencias vitales y la fuerza que surge en cada una de ellas para enfrentarse a las dificultades tal vez también tenga sus raíces en las páginas de los libros que las unen.

Ahora me gustaría encontrar otros dos títulos de esta misma autora. Pero va a ser difícil, porque deben estar también descatalogados.

miércoles 22 de abril de 2009

La fiesta de los libros

Entrar en la librería sin apremios ni recados, pasearse entre las estanterías, detener ante los mostradores para revisar los títulos que se exhiben, abrir un volumen por una página intermedia y leer despacio un párrafo, un capítulo, para comprobar el estilo del autor y sondear el interés del argumento… Es un hábito de muchos lectores a los que seducen los escaparates de las librerías, la visión de tantos libros de vistosas portadas apilados a lo largo y ancho del establecimiento.

Dicen que el título de la portada puede ser decisivo a la hora de escoger una novela para llevarse a casa. Que si es original o llamativo, el libro tiene muchas posibilidades de captar a uno de esos lectores animosos que entran en la librería sin un objetivo concreto, dispuestos a llevarse a casa lo que les atraiga o les sorprenda. No suele ser este mi caso. No suelo ser de quienes se dejan embaucar por un título más o menos atractivo, porque he comprobado que a veces éste no responde al contenido de la obra, sino que es, más bien, un eslogan, una contraseña publicitaria. Tampoco me fio totalmente de los resúmenes de la contraportada: aunque intentan dar pistas sobre el argumento y proclaman el afán del autor y la eficacia de su empeño, estas reseñas también huelen más a elemento proagandístico que a reseña literaria, eludiendo razonamientos que permitan al posible lector averiguar la técnica narrativa o las estratagemas artísticas del escritor.

A mí me tira más ser de los que se pasan largos ratos en las librerías examinando ejemplares, leyendo fragmentos, consultando índices, buscando libros que nunca se anuncian en los periódicos, las novelas que no han ganado ningún premio, las que no están rubricadas por autores que aparecen en las pantallas de televisión, las obras que no consiguen ser incluidos en los suplementos culturales de los diarios. Y he conseguido ciertos hallazgos. Obras estupendas de las que antes no sabía que existían.

¿Compraríais vosotros un libro sólo por el título o la ilustración de la portada? ¿Sois de los que entrais en la librería sabiendo de antemano lo que vais a comprar? ¿Os gusta rebuscar, husmear entre las páginas, descubrir autores sin fama?



Esta semana los libros salen a la calle para atrapar a sus lectores.
La gran fiesta del libro, que coincide en los calendarios con la fecha del entierro de Cervantes, el 23 de abril de 1616, saca de las estanterías de los comercios y los almacenes miles de volúmenes que son una tentación para quienes transitan por las calles y las plazas.

En Cataluña se celebra en esta fecha a su patrón, Sant Jordi. La jornada se pinta de multitudes que pasean por la ciudad con sus libros y sus rosas en las manos. Es un verdadero canto a la lectura, a la creación literaria, al arte de escribir, al regocijo de leer. En otras ciudades imitamos esa costumbre tan sana y celebramos la fiesta comprando alguno y asistiendo a ciertos actos que se organizan en librerías, entidades culturales y espacios públicos.

Esta entrada va dedicada a Josep Estruel, un buen amigo que ha contado en su blog el origen la fiesta y nos ha transmitido esa alegría de leer que os deseo a todos para mañana. Y para todos los días del año.

sábado 18 de abril de 2009

Misiones pedagógicas

Imagino la escena en blanco y negro, como la escena de una película antigua y sin efectos especiales: los chiquillos galopan por las callejuelas embarradas del pueblo, vociferando, agitándose sus ropas avejentadas y sus cabellos mal cortados. Han venido los de la ciudad, gritan sin dejar de correr a quienes se asoman a las puertas de las casas. Están en la escuela, con el maestro. Han traído un montón de libros. Y una caja que hace música.

Imagino la conmoción en el pueblo. Hombres y mujeres encaminándose hacia la escuela, apresurados, comentando la noticia y propagándola a sus convecinos. La llegada de los misioneros tal vez les ha sido anunciada con anterioridad por el maestro o el alcalde. Pero, en cualquier caso, la visita de las gentes de la capital es siempre un acontecimiento, una ruptura de la cotidianeidad.

En el local de la escuela, los jóvenes de las Misiones pedagógicas han montado ya su biblioteca ambulante, libros para niños y para mayores que, si alguien se hace responsable de su cuidado y su préstamo, se dejarán después en el pueblo para uso de los paisanos. También han empezado a desembalar los lienzos que reproducen cuadros famosos de pintores españoles de siglos atrás. Durante una semana, las copias estarán colgadas en la escuela o en una sala del consistorio, y algún misionero se ocupará de explicar a los visitantes las características de las obras y algunos datos sobre sus autores.

También habrá sesiones de cine, recitales del Coro, sesiones musicales con el gramófono que tanto impresiona a los niños. Un grupo de actores montarán un tablado de cuatro metros por seis, para representar sobre él piezas breves de teatro, firmadas por Lope de Rueda, Cervantes, Calderón de la Barca, Juan del Encina. Alejandro Casona, asociado a las Misiones, dirigirá alguna obra adaptada por él mismo para el público rural. Para los críos se montará un tabladillo de guiñol, que, a buen seguro, también captará la atención de sus padres y sus abuelos.

Así funcionaban las Misiones Pedagógicas que puso en marcha el primer gobierno de la República tres semanas después de tomar posesión. El seis de mayo de 1931 se firmaba una orden ministerial que decretaba la creación del Patronato que gestionaría estas misiones, cuyo cometido era llevar la cultura a las áreas rurales.

En aquella época las distancias entre las ciudades y los pueblos eran inmensas: distancias físicas porque no había carreteras, ni hilo telefónico, ni luz eléctrica en algunos casos, ni comunicaciones radiofónicas. Y distancias culturales, porque el índice de analfabetismo, las desinformación, la ignorancia de cuánto sucedía en el mundo era tremenda en las poblaciones campesinas españolas.

La idea de crear misiones culturales y pedagógicas, que deambularan por los pueblos de la geografía española con su equipaje de libros, cuadros y enseñanzas, surgió en 1881. Francisco Giner de los Ríos (creador en 1876 de la Institución Libre de Enseñanza) y Manuel Bartolomé de Cossío (alumno de Giner) propusieron al gobierno de turno, presidido por Sagasta, enviar a los pueblos a maestros que ayudaran a mejorar las escuelas rurales. La propuesta fue apoyada años después por Joaquín Costa, partidario también de mejorar la enseñanza en el campo. Y hubo alguna pequeña experiencia de este tipo en las primeras décadas del siglo XX. En 1930, una misión ambulante estuvo en las Hurdes merced a las gestiones de Cossío.

Pero fue el régimen republicano quien promovió, financió y consolidó las Misiones Pedagógicas, al frente de cuyo órgano gestor colocó a Cossío. Durante cuatro o cinco años, los misioneros viajaron a lomos de caballerías hasta aldeas y caseríos recónditos, donde quizás nadie hubiera oído hablar antes de que ellos llegaran de un tal Velázquez o un tal Calderón. Unos seiscientos jóvenes, amantes de la educación y del arte, se enrolaron en estas tareas en las que derrocharon esfuerzos físicos, imaginación y tenacidad.

Hasta que la guerra estalló en la península. Como todo lo que olía a cultura, progreso y formación, las Misiones Pedagógicas fueron condenadas a la desaparición y al olvido. Los misioneros que no murieron durante la contienda, fueron encarcelados o se exiliaron.

(Estos días pasados hablábamos del aniversario de la República. Las Misiones Pedagógicas son una de las realizaciones que me hacen creer que aquel régimen pudo haber sido una palanca de progreso y bienestar para el país. Porque el incremento de la cultura y la formación de los españoles, de todos los españoles, aun de los que habitaban en los rincones más inhóspitos de la geografía hispana, habría incidido en el incremento de la calidad social, económica y política de todo el país. Desgraciadamente, la República y sus afanes intelectuales no sobrevivieron al golpe de estado y la guerra del 36).

martes 14 de abril de 2009

Setenta y ocho años ya.

He vuelto a leer el artículo que hace un año, en una fecha tan significativa como ésta, propuse como reivindicación del buen hacer de la segunda república. Félix Santos escribió un magnífico artículo que sigue teniendo vigencia doce meses después.

Félix Santos es un periodista de raza, hombre sensato y dado al pensamiento lúcido. Él ha investigado hechos del periodo republicano y ha escrito un libro que se titutla "Marcado por la República: Guerra y Exilio de Francisco Carvajal"


Setenta y siete años (y ocho, ahora) después de la proclamación de la Segunda República en la tarde soleada del 14 de abril de 1931, aquel régimen sigue siendo objeto de controversias. Es sorprendente, para empezar, que se sigan produciendo burdas desfiguraciones de lo que pasó en aquellos años, a pesar de que la historiografía solvente ha puesto las cosas en su sitio, desmintiendo las falsificaciones prodigadas durante cuarenta años por la dictadura franquista. Citemos algunas de las tergiversaciones más gruesas: que la quema de conventos de mayo de 1931 se realizó con el beneplácito del Gobierno republicano; que la "Revolución de Asturias", de octubre de 1934, fue un alzamiento contra el resultado de las elecciones de otoño de 1933; que los comicios que dieron el triunfo al Frente Popular, en febrero de 1936, fueron trucados, o que el asesinato de Calvo-Sotelo decidió a los militares a dar el golpe de Estado.

A pesar de las décadas transcurridas desde la Segunda República y la Guerra Civil, la reacción destemplada y visceral de significados sectores de la actual derecha social, política y eclesiástica contra la Ley de Memoria Histórica, pone de manifiesto que la verdad de lo ocurrido en aquellos años cruciales de la historia de nuestro país no es todavía aceptada ni digerida por un sector de la sociedad española. Éste sigue aferrado a las versiones de la propaganda franquista.


Frente a los intentos de seguir denigrando un periodo que alumbró una de las mayores esperanzas colectivas vividas por el pueblo español, se impone un esfuerzo adicional para que las generaciones jóvenes sepan lo que verdaderamente pasó. La Segunda República fue un serio intento de modernizar y democratizar España. Recibida con alborozo por la población en un ambiente de orden y fiesta, revolucionó la enseñanza y combatió eficazmente el analfabetismo, dando un inédito protagonismo a maestros y docentes; llevó el saber a los rincones más escondidos de la España rural a través de las Misiones Pedagógicas; favoreció el que la vida cultural del país alcanzara niveles de vanguardia; hizo una ambiciosa política de obras públicas; intentó una reforma agraria que terminara con el hambre y las flagrantes injusticias de las zonas latifundistas; llevó a cabo una necesaria reforma militar, e implantó el laicismo, tal vez de manera demasiado radical dadas las circunstancias.


Si quereis leer lo que falta, pinchad aquí.

miércoles 8 de abril de 2009

Ocio y proyecto

Está rara la ciudad un miércoles como éste. Se notan las calles despejadas, los vagones de metro deshabitados, las tiendas con aspecto de estar a punto de cerrar.
Paseando por cualquier barrio, se ven coches con los maleteros abiertos y un montón de bultos apiñados en el borde de la acera. Se ven hombres y mujeres arrastrando maletas con un brío en el paso distinto a los de cualquier jornada.
Se huele en el aire el aroma de las vacaciones que se ciernen sobre los habitantes de esta sufrida ciudad. No importa que los pronósticos meteorológicos avisen de que va a llover en media España. Tampoco importa que los voceros de la política y los titulares de los periódicos insistan en los perjuicios de la crisis económica mundial y auguren tiempos peores que los que vivimos.

La mayoría de los madrileños hoy se despiden de sus compañeros, con una euforia que les libera de todo atisbo de preocupación, y se marchan al campo, a la playa, al monte... Algunos atravesarán fronteras, aunque el plazo de ocio no sea muy prolongado y las encuestas aseguren que ha mermado el turismo hacia el extranjeros.
Podremos renunciar a ciertos caprichos, sopesar las compras cotidianas para no incurrir en el despilfarro, pero que no nos pidan que renunciemos a viajar a cualquier sitio que nos rescate, durante cuatro días, de la rutina y las obligaciones que marcan el ritmo habitual de nuestra existencia.

Son los mejores días para estar en Madrid, para visitar exposiciones, deambular por sus plazas y sus avenidas, acudir a los cines y al teatro. Pero no sé si voy a poder resistir las ganas de preparar una mochila y escaparme también....

En cualquier caso, habrá tiempo estos días para meditar sobre un proyecto que quiero mencionaros hoy por si a vosotros también os apetece apuntaros a su realización. Cornelius y Jose Antonio están planeando hacer una lectura pública del Manifiesto que publicamos, al unísono, muchos blogueros el día 30 de enero. La idea me parece muy interesante y digna de recibir los máximos apoyos posibles. Con el permiso de los inductores, os propongo que os sumeis al proyecto para que seamos multitud los que coreemos el Manifiesto el día que se lea a plena luz del sol, sin pantallas ni teclados por medio.

Este asunto es cosa de todos. Y yo creo que todos los sentimos así.

sábado 4 de abril de 2009

El teatro de Bartoli

Por esa calle que viene de la Puerta del Sol, bajaba antaño un arroyuelo, que desaguaba en un barranco, me dice el viejo Bartoli cuando me asomo a uno de los balcones del edificio del Teatro Real, que hoy he venido a visitar. El barranco estaba ahí, donde la calle del Arenal se junta con la plaza. Más acá estaban los pilones donde las mujeres lavaban sus ropas. El agua de sus caños no era la del arroyo, sino que procedía del subsuelo de la Plaza Mayor.

Cuando llegué con mi compañía a la plaza de los Caños del Peral, en 1708, la nave de los lavaderos se hallaba en desuso y los munícipes me permitieron instalar bajo sus techos el escenario de mi teatro, continúa narrando Francesco Bartoli, mientras mis ojos sobrevuelan las cabezas de los peatones que a la hora cenital de la mañana transitan por la soleada plazoleta que se ve desde el balcón.
El Corral de Trufaldini funcionó durante treinta años y ligó el destino de este rincón madrileño con el arte escénico en los siglos venideros.Cuando murió Bartoli, el consistorio recuperó el solar de los lavaderos y en él construyó el Teatro de los Caños del Peral (1738), cuyas paredes llegaron al siglo XIX hechas una ruina. Así pues, se procedió al derribo del inmueble para levantar en su lugar, en tiempos de Isabel II, un lujoso teatro de la Ópera. La reina lo estrenó en 1850, asistiendo a una representación de La Favorita, de Gaetano Donizetti.

A pesar de los incendios, las grietas, las inundaciones, las amenazas de derribo y los largos periodos de obras y reformas que ha sufrido, el coliseo está a punto de cumplir los 158 años de existencia.Trescientos años llevamos ya subidos al escenario, me dice Bartoli, el viejo cómico italiano, cuyo espíritu guía a los visitantes por los salones del Teatro esta mañana.

Trescientos años de arte, de música y de cultura, susurra con un acento de orgullo, sin importarle que su nombre sea desconocido por la mayoría de los madrileños que contemplan el edificio y de los melómanos que asisten a los conciertos que en su seno se celebran.